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 El bastardo usurpador Benetton y los traidores a nuestra patria.

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MensajeTema: El bastardo usurpador Benetton y los traidores a nuestra patria.   Lun Nov 17, 2008 1:07 am

Benetton; historias del nuevo rey de La Patagonía

Sobre los actuales conquistadores de La Patagonia; el caso Benetton.

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Puede el sueño de una familia humilde de la Patagonia cuestionar el imperio de la corporación Benetton? El matrimonio formado por Rosa Nahuelquir y Atilio Curiñanco aprendió que sí.

Sin proponérselo, esta familia Mapuche de la provincia de Chubut desató un terremoto que vuelve a poner sobre la mesa la entrega a los capitales extranjeros de una de la zonas mas ricas del país, no ya en las fábulas de generales trasnochados, sino en la realidad tangible y concreta de miles de kilómetros entregados de territorio entregados por unas pocas monedas al mejor postor.

Se trata La Patagonia, una zona que abarca el 30% del territorio argentino, unos 780.000 km2 donde se concentra el 80% de las reservas petroleras del país, grandes recursos hídricos y una enorme diversidad de flora y fauna que en algunas zonas continúan todavía vírgenes.

Recientemente, también se descubrió la veta del oro y la plata; una nueva riqueza codiciada por el capital internacional.

El grupo Benetton, a través de la The Argentine Southen Land Company Limited o Compañía Tierras del Sud Argentino (simplemente "La Compañía" en adelante) es dueña del 9% de las mejores tierras de esa región. Tiene en su poder 900.000 hectáreas entre las provincias de Neuquén, Rio Negro, Santa Cruz y Chubut; un territorio similar en extensión a la provincia del Chaco; cuarenta veces más que la Capital Federal.

Compraron, en resumidas cuentas, de una provincia particular. A uno de sus dueños, Carlo Benetton, le produce una "una hermosa sensación de libertad" cada vez que viene al país para supervisar personalmente el estado de sus campos y de algunas de las 290.000 ovejas que pastan allí.

El grupo opera en 120 países con decenas de fábricas y 7000 tiendas. Las estancias que compraron en Argentina producen apenas el 10% de la lana que utilizan las 100 millones de prendas que la corporación produce al año.

Sumando la totalidad de los negocios -desde la industria textil hasta la construcción de autopistas- la empresa mueve 2.000 millones de euros al año, una suma que parece alcanzar para comprar cualquier sensación.

Durante años también compraron, tanto Benetton como los anteriores dueños de esa tierra, una sensación de impunidad sin precedentes.

Aquí intentamos dar cuenta de como un sueño de dignidad abrió una brecha inocultable en el presente y el pasado de esa enorme provincia de alambre.


Volver a la tierra

Rosa y Atilio son parte de una familia Mapuche urbanizada a la fuerza. Rosa abandonó el campo familiar a los 8 años, luego de la muerte de su padre, para trabajar en un hotel de pueblo y luego como obrera textil. Todavía recuerda como salieron de allí, en un carro de bueyes, y sueña con volver a esa misma tierra, porque ahora sabe que la forma en que la vendieron fue ilegal. Atilio nació y se crió en la estación de tren llamada Leleque, adentro de La Compañía. Su padre fue obligado a ir a trabajar y vivir allí luego de que los comerciantes turcos, como a tantos otros pobladores, les arrebataran las tierras.

Rosa entró a trabajar en 1986 en una de las fábricas textiles más grandes de la ciudad de Esquel. Poco antes Atilio fue contratado en un frigorífico donde trabajó durante 15 años en mantenimiento. Con el esfuerzo de ambos criaron a sus cuatro hijos y siguen ayudando a sus nietos.

Hasta aquí su vida era la misma vida humilde y tranquila de miles de obreros del sur del país. Pero el 27 de Febrero del 2002 algo cambió en la suerte familiar: como tantas otras empresas, la textil donde trabajaba Rosa cerró de un día para otro y dejó a todo el mundo en la calle. Todavía tenían el trabajo de Atilio en el frigorífico, pero los 150 pesos que ganaba por quincena no alcanzaban para alimentar a toda la familia.

Previendo esa situación, impulsados por sus propios sueños y animados por sus hijos, Atilio y Rosa habían decidido volver al campo, para trabajar con sus manos la tierra. Averiguaron en el IAC (Instituto Autárquico de Colonización) por un predio fiscal llamado Santa Rosa. El 15 de Febrero, doce días antes de Rosa quede desocupada, presentaron una nota diciendo que "las informaciones obtenidas dan fe de que se trata de un predio fiscal" y que "nuestro interés es solicitarlo para un microemprendimiento familiar".

Atilio conocía ese lugar desde chico y por eso sabía que estaba abandonado desde antes de su nacimiento; allí solía cazar liebres con sus hermanos y vecinos, o juntar leña para aplacar al invierno.

El IAC respondió con la información -siempre verbal- de que el predio era una reserva indígena desocupada durante décadas. Con esa información, el 23 de Agosto de ese año se presentaron en la Comisaría Primera de Esquel para hacer una exposición avisando que ocuparían el lote, y esa misma tarde montaron, junto con su nieto de 6 años Franco, un "campamento" de chapas para ponerse a trabajar.

Con sus ahorros y con lo que le prestaron varios familiares y amigos, comenzaron a arar, sembrar hortalizas y frutillas, criar animales y mejorar el terreno. Levantaron el alambrado caído, trazaron los canales de riego y hasta comenzaron a juntar material para hacer una casa de piedra. El sueño de volver a la tierra estaba en marcha.


La celeridad del sistema judicial.

La tormenta no tardó en desatarse. El 28 de Agosto la Compañía firma un poder a favor del abogado Martín Iturburu Moneff, nombrándolo apoderado legal de la firma. Dos días después, el 30 de agosto, la estancia de Benetton hace una denuncia reclamando que el predio conocido como Santa Rosa es propiedad de compañía, y que "Que no es utilizado para ganadería y que intención de la administración forestar el lugar".

Firma la denuncia Ronald Mac Donald, el actual administrador de la estancia y sintomáticamente hijo y nieto de los "pioneros" que trabajaron para las familias Braun Menendez y Menendez Bethery, los celebres fusiladores de la patagonia trágica.

Un día después de la denuncia, el 31 de Agosto, el juez de Instrucción único de Esquel, el Dr. Colabelli firma la orden de registro "para constatar el delito". Ese mismo día, bajo la lluvia, van a hacer el allanamiento.

A partir de allí comienza un impás de dos semanas, que Atilio y Rosa ocupan en sembrar papas y seguir trabajando en el campo, y que la estancia en amontonar documentación. El 16 de Setiembre el Dr. Moneff pide el desalojo por el "gravísimo perjuicio" que le causa la "usurpación" de ese pequeño campo.
Como pruebas adjunta mapas, documentos del siglo pasado y fotos satelitales, todos materiales charrísimos que, a simple vista, no demuestran nada, pero que alcanzan para que el juez Colabelli demuestre su eficiencia a la hora de desalojar.

El 19 de Setiembre este juez ordena la restitución del inmueble y adjunta a la causa el testimonio de Roberto Omar Vila, un agrimensor que -como cualquiera que trabaje para los Benetton- testifica que las tierras son de la estancia y -falsamente, como veremos después- que no hay tierras fiscales en la zona.

Entre los testigos que se presentan también hay un puestero que al momento de la ocupación estaba de vacaciones, cosa que no le impide declarar que vio la ocupación y que -al revés de lo que muestran las fotos- el predio estaba perfectamente alambrado.

Con esas nuevas pruebas, y luego de los trámites de rigor, el 30 de Setiembre sale la orden de desalojo contra la familia Curiñanco, que se concreta el 2 de Octubre, en otra de esas tardes de lluvia que parecen gustarle al juez para llevar adelante sus procedimientos.

Los 15 efectivos que realizaron el desalojo desarmaron la casa y secuestraron todos los elementos, incluyendo dos bueyes con los que Atilio y Rosa habían comenzado a arar.

En su denuncia, el abogado de los Benetton hablaba de "clandestinidad", e intentaba demostrar que los Curiñanco habían actuado como delincuentes, amparados en la noche, escondiéndose entre los árboles y cortando el alambrado que en realidad, como muestran las fotos aportadas por la familia, ellos mismos se encargaron de levantar.

Para los representantes de Benetton, no se trataba solamente de quedarse con la tierra, y aun hoy -un año después- siguen una causa contra la familia Curiñanco, intentando demostrar que se introdujeron el predio sabiendo que era de la Compañía, y que sería entonces un problema de "delincuencia común".
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MensajeTema: Re: El bastardo usurpador Benetton y los traidores a nuestra patria.   Lun Nov 17, 2008 1:08 am

Extirpar el ejemplo

El predio Santa Rosa está sobre la ruta 40, que fue trazada a mediados de los años 70. De ser cierto que es parte de las tierras de La Compañía, sería algo así como el 0,144% de la tierra que esta ocupa.

Pero la legitimidad del reclamo del latifundio deja muchas dudas; el predio no está rodeado por tierras de la compañía, sino por otros pobladores que viven de allí desde décadas. La extraña y supuesta extensión de La Compañía al otro lado de la ruta es como una cuña metida en medio del campo de los vecinos.

Todos los pobladores consultados sabían que se trataba de tierra fiscal habitada por última vez por una familia aborigen de nombre Tureo. ¿Por qué entonces Benetton reclama la con tanta violencia, acusando a los Curiñanco de usurpadores y delincuentes?

La explicación hay que buscarla en la historia de la zona y es la Sociedad Rural la que da la primera pista, repudiando la ocupación y pronosticando que si otras familias Mapuche siguen el ejemplo de los Curiñanco se desataría en la región "una ola de violencia y sangre".

Sencillamente, ese es el gran temor; que cunda el ejemplo, que cientos de despojados de sus tierras, empujados a abandonar una tierra en la que nacieron y se criaron decidan un día volver a recuperar lo que siempre fue de ellos.

"Ellos saben que están mintiendo, y por eso necesitan tantos papeles e inventar tantas cosas. Nosotros no necesitamos nada de eso, porque sabemos que tenemos razón". Atilio es ante todo un hombre honesto y trabajador, y sabe que alcanza mostrar su rostro para decir que es Mapuche. Junto con Rosa, a partir de el desalojo comenzaron un viaje hacía sus raíces, pero de otra forma; ellos querían volver a través del contacto con la tierra, y terminaron volviendo a través de empaparse e involucrarse en el martirio de su pueblo, que hoy se continua en su historia personal.


Benetton está afincado sobre territorio Mapuche.

"La firma actora no se trata de una empresa extranjera radicada en el país, sino de una empresa nacional". En forma ridícula, eso sostiene el abogado de los Benetton: tan sólo por tener domicilio en la Capital Federal, La Compañía no es extranjera ni viola ninguna de las leyes que limitan la propiedad en manos de sociedades anónimas extranjeras en la provincia de Chubut.

En realidad, La Compañía fue inglesa hasta el 26 de Marzo de 1982, cuando ante el avenimiento de la guerra de Malvinas cambió a dueños -o testaferros, nunca se supo- nacionales. En ese año, según los mismos registros de la compañía, fue nombrado presidente Eduardo Menendez Hume, miembro de la clásica oligarquía terrateneniente Argentina.

En 1991, cuando Benetton compró la empresa por 50 millones de dólares, lo hizo manteniendo la fantasía legal de que se trataba de una empresa argentina.

Y la compró además con todo el lastre de las tierras robadas a los primeros habitantes de La Patagonía.

Para documentar su batalla, la táctica de los Benetton fue abrumar con documentos, mapas y escrituras. Desempolvaron de los archivos los títulos de propiedad que datan del siglo pasado, una cantidad de hojas borroneadas y escritas a mano, que pensaron, quizás, que nadie querría leer. Pero alguien las leyó, y descubrió que los hermanos Benetton están afincados sobre territorio que fue Mapuche, y que fue regalado por el estado argentino al capital inglés.

Las tierras que ostenta La Compañía fueron donadas por el estado argentino 1885 y 1896. Se trataban, en esa época, de lotes de 80.000 hectáreas cada uno, otorgadas individualmente a ciudadanos ingleses residentes, en su mayoría, en Londres, que administraban sus negocios en el país mediante representantes.

La estancia hoy conocida como Leleque -a la que pertenecería el lote en conflicto- fue donada a Henry Rushton Roger, un londinense del que no hay registro que conozca estas pampas. El terreno original de esta estancia era de 80.000 hectáreas, pero en 1890, cuando se realizó la mensura de la tierra, pasó a quedarse con 96.919, para no perderse los accidentes geográficos de la región. El aumento fue aceptado por el estado argentino.

El agrimensor Gorosito, al trazar los planos en esa época, dejó en el acta escrita de su puño y letra las referencias que usó para medir el territorio. En el acta explica que eligió "para ubicar esta Colonia los valles ocupados anteriormente por tolderías indígenas y conocidos por los nombres de Lepa y Esquel".

Como para no dejar dudas de que se estaba hablando, Gorosito termina su informe con unas pocas líneas sobre la flora y la fauna del lugar: "Esta colonia es importante teniendo en cuenta la calidad de sus pastos, las abundantes maderas de todas las clases utilizables para construcciones...En cuanto a su fauna se encuentra en gran abundancia el guanaco y el avestruz que los indígenas aprovechan para su alimento".

En pocas palabras; la estancia que hoy ocupa Benetton, es parte del territorio ancestral indígena, arrebatado por medio de las armas para entregárselo al capital inglés.


La semántica dominante

La Compañía se constituyó legalmente en 1889, con una oficina en Londres y otra en Capital Federal. Se trató de una especie de consorcio de terratenientes ingleses, que dominaban al momento de unirse un total de 780.609 hectáreas.

En los años que siguieron a su fundación, hubo varios decretos que con la firma de José Evaristo Uriburu, Antonio Bermejo, Roca y Juárez Celman, aceptaron todas las condiciones y pedidos de la empresa; privilegios a la hora de pagar impuestos, devolver tierras concesionarias y hasta pedidos de nuevas tierras para trabajarlas.

Con el correr de las décadas, la estancia se dio un nuevo lujo que acrecentaría su dominio sobre la región; en los años cuarenta se terminó el trazado del ferrocarril que atraviesa la mayoría de los campos de la estancia. El tren, pagado y dominado por el capital inglés, nació principalmente para ser el servicio de transporte particular de La Compañía.

La retórica que usó La Compañía para sus pedidos siempre fue la soberbia y la imposición. En una de sus virtuales imposiciones al estado señalaban, en un acta de 1896, que "somos en la actualidad los que mejores esfuerzos desarrollan y mas perseverante acción ejercitan en aquellas apartadas regiones de la república".

Más de cien años después, los nuevos dueños utilizan el mismo lenguaje. El abogado de Benetton dice en este caso que "no se traigan con la excusa o pancarta a las muy queridas y respetables culturas aborígenes, culturas que incluso mi mandante ha promovido y preserva incluso más que las propias comunidades, para justificar la ilicitud y desconocimiento de la ley."

En las historias oficiales de La Compañía nada se dice del arrebato de tierras indígenas. Por el contrario, se habla de una especie de idilio, donde los indígenas eran "contratados por la compañía para cazar y reducir la población de guanacos". En la historia de Benetton, además de la retórica de La Compañía, se repite la misma fantasía; la gran presentación de su estancia es un museo que resume, en forma aggiornada, la historia de La Patagonia.

La presentación del museo es el rostro de un Chehuelche. Comparar las facciones de la figura pintada en el cartel de bienvenida con los rasgos de Atilio Curiñanco y Rosa Nahuelquir es todo un manifiesto; Benetton quiere que sean apenas un dibujo en la pared. Ellos, en cambio, dicen que siguen existiendo


Lo que el viento se llevó

Pero el despojo no fue solo hace un siglo; también en las últimas décadas la voracidad de la compañía avanzó sobre las pocas reservas indígenas que sobrevivían en su interior, e incluso con los terrenos fiscales que ocupan la vieja estación de trenes Leleque.

Atilio Curiñanco nació y se crió allí. Para llegar a su casa en la estación, hay que entrar a la estancia y atravesar todo el casco, incluyendo la lujosa casa de Benetton y la de su administrador.

En el camino se encuentran varios fantasmas reciclados; donde antes estaba el almacén de ramos generales ahora está el museo Leleque, que irónicamente tiene como logo el rostro de un Mapuche. Siguiendo hacia adelante, el edificio medio derrumbado del correo está encerrado en un alambrado y, hasta para entrar al cementerio -donde está enterrado el hermano de Atilio- hay que saltar un alambrado.

La estación es una barriada pequeña, de una diez casas apenas, donde hoy viven unas pocas familias jubiladas del ferrocarril, entre ellas Doña Candelaria, una hermosa mujer de 85 años, madre de Atilio.

Ella todavía recuerda cuando este lugar ahora casi desértico era un pueblo prospero y lleno de vida. Los chicos iban a la escuela, o se entretenían cazando en los terrenos de al lado. La ruta que corría paralela a la vía y uniendo Esquel con El Bolsón, era recorrida por tropillas de vacas o caballos, transportadas por vaqueanos y más tarde en camiones. A los costados del camino, en pequeñas reservas, vivían jornaleros, peones y empleados del ferrocarril. Doña Candelaria era ama de casa, y con baldes caminaba hasta el arroyo a buscar agua.

Nada de eso existe hoy; la vieja ruta, el arroyo, las reservas del costado del camino están todas alambradas. Los de La Compañía, los gringos como dice Doña Candelaria, se tragaron todo. Incluso para buscar agua, ella misma se inclina para cruzar el alambrado que separa a sus baldes del agua. Lo hace con una agilidad y una resignación que nos sorprende a todos.

También, con sus 85 años a cuestas, camina con nosotros por la ruta ahora alambrada, recorriendo unos tres kilómetros para encontrar con la reserva donde vivía la familia Rayel, una Mapuche que trabajó para La Compañía como lavandera. Allí Candelaria nos muestra el lugar donde recuerda estuvo la casa y los animales de una de sus vecinas favoritas.

Una cacerola muerta primero, y los restos de una casa y una cultura quemada después confirman los testimonios recogidos entre varios pobladores; la casa de los Rayel fue quemada por empleados de la estancia a finales de los años sesenta, y la familia ni siquiera intentó reclamar las tierras. El campo, obviamente, también está alambrado por La Compañía.


¿En que momento se apropiaron de todo? Según los propios recuerdos de los pobladores, la primer gran oleada de apropiaciones comenzó con el trazado de la ruta frente a la cuál está el predio que habían ocupado Atilio y Rosa.

Pichón Llancaqueo, nieto de los primeros habitantes de la zona, perdió en aquel entonces casi la mitad de su campo. El alambrado furtivo, "movido por el viento de La Patagonia", corre casi paralelo desde su predio hasta Santa Rosa, algo que podría explicar por qué La Compañía siente suyo un terreno que a todas luces está fuera de su perímetro.

¿Por qué nadie reclama? La pista la da el mismo Pichón Llancaqueo. Para hacer algo, hay que pagar a un agrimensor para hacer las pericias. Nadie tiene el dinero para hacerlo, y si lo tuvieran ¿que profesional va a trabajar en contra de los más poderosos de la zona, corriendo el peligro de no trabajar nunca más para La Compañía? La justicia, nos explica, nunca está del lado del pobre.

Y eso también lo sabe Candelaria. Mientras tomamos mate, llega un funcionario del ferrocarril a dejar una nota, donde se ratifica que no se pueden tener más animales en la estación y que pronto, todos van a tener que dejar su hogar; el interés de La Compañía es convertir la vieja estación en un paseo turístico.

Parece que Benetton compró también la voracidad de La Compañía.

Pero no es simplemente un problema de ambición centrada en los bienes raíces; alrededor del predio que ocuparon Rosa y Atilio encontramos 15 de los 150 cateos de minas de oro que hay en los alrededores de la ciudad de Esquel, un drama que amenaza con destruir los recursos naturales de la región.

Santa Rosa, el predio en litigio, es la puerta de entrada a esos yacimientos mineros. Y eso quizás explique por qué tanta desesperación de parte de La Compañía y la justicia para criminalizar a esta familia Mapuche.


Recuperar la historia del presente

Es domingo y el amanecer es apenas un sueño del horizonte. Las ancianas y los lonko colocaron el rewe, y nosotros esperamos mirando a un este todavía oscuro y lleno de estrellas. Hace frío y un gran fogón de leño de álamo y plantas jarilla, es lo único que calienta, por ahora, nuestras existencias.

Dos jóvenes niñas se colocan frente al rewe. Faltan dos jóvenes varones que cumplan la misma tarea, y faltan instrumentos y conocimientos; el winka los robó y se desentierran del olvido a través de la memoria de los ancianos, de los suspiros del viento que de vez en cuando reavivan la llama del recuerdo.

Los hombres entran primero. Cuatro vueltas alrededor del rewe, y cuatro veces arrojan muday, esa bebida que estuvo antes de cualquiera de las bebidas que trajo el hombre blanco. Luego hacen lo mismo las mujeres, y luego lo repiten todos juntos, organizados de dos en dos.

Tres ancianas, con rostros surcados y las cabezas cubiertas con pañuelos, cantan en la lengua de la tierra, esa que enseñaron los animales y los ríos a los Mapuche.

Cuando sale el sol como una inmensa bola de fuego, la rogativa está en el punto que todos, con las manos extendidas al este, abren sus manos para agarrar su fuerza.

No hay formalismos ni solemnidad; en los intervalos de la ceremonia la gente conversa y ríe tranquilamente, y al terminar una ronda de mate anuncia que llego la hora de hablar.

Todos prestan atención cuando Atilio convoca a participar, el próximo 11 de Octubre, del Parlamento Mapuche que se realizará en El Maitén. Luego de la invitación, explica que para organizarlo no tienen recursos, pero que como otras veces confían que todos van a llegar haciendo un esfuerzo, porque es necesario encontrarse para seguir fortaleciendo la organización de las comunidades.

Esta vez, los anfitriones de la reunión serán los miembros de la comunidad Sepúlveda, y especialmente Don Abelardo, un Mapuche “de sangre gaucha” , como se define él mismo, que pelea desde hace 10 años para que el intentedente de El Maitén no le robe las tierras que su familia ocupa desde hace un siglo.


Parece que es un proceso que, mal que les pese a los conquistadores de hoy, no se va a detener.
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