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 Digno hijo de la Patria: Cap. Luis Daniel de Urquiza

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MensajeTema: Digno hijo de la Patria: Cap. Luis Daniel de Urquiza   Sáb Mar 20, 2010 10:44 pm

El Gobernador de Santa Fe le entregó al Capitán de Urquiza un medallón acuñado por la autoridad civil..."para testimoniar en usted a todos los héroes que combatieron por la Justicia en el lejano Sur, nuestro homenaje".

Por Nicolás Kasanzew



CELESTE Y BLANCO
Celeste y blanco es el color del cielo
de nuestra Pampa, libre y soberana.
Celeste y blanco es el color del manto
de nuestra virgen patrona y generala.
Celeste y blanco el contraste andino
que a Dios ofrece nevada la montaña.
Celeste y blanco es nuestro mar altivo
que generoso llega a nuestras playas
y baña allá, en el confín sureño,
la majestuosa soledad antártica.
Si celeste y blanco es el color del cielo,
de la pampa, del manto, del mar y cordillera
si son jirones de este solar gaucho...
Que es nuestra Nación: una bandera.
Dios la bendiga, en celeste y blanco,
y quiera Él que sea su camino
por el heroísmo a la grandeza
por la grandeza a su destino.
Y que el día de mañana, nuestros hijos
sepan izarla allí, en PUERTO ARGENTINO.
Capitán Luis Daniel de Urquiza

ROSARIO, 20 de junio de 1983.-
Frente al Monumento a la Bandera, una fría mañana invernal enmarcaba una multitud que, en parte expectante y en gran parte indiferente, asistía a la ceremonia. Palabras estentóreas y consabidos discursos precedieron el momento. Sólo un oficial subalterno del Ejército, lleno a la vez de humildad y grandeza, como corresponde a un guerrero cristiano, se aproximó en dirección al Atrio. Llevaba en sus brazos una bandera. La Bandera.
Gracias a su coraje esa enseña sería albergada en el corazón de la Patria. Sólo un Oficial Subalterno. Un Capitán que, como corresponde a los grandes capitanes de la Historia, puso su vida en manos de Dios en el momento supremo de la batalla para cumplir con el deber para con el cual estaba destinado. Se acercó al lugar, lenta pero firmemente con paso seguro y emoción en los ojos; el corazón elevado. Y sus pensamientos retrocedieron a otra fría mañana de junio, un año atrás. El último día de combate de la primera batalla por las Malvinas. El sentimiento de aquél hombre se trasmutó en la concurrencia, que ya despojada de su indiferencia, irrumpió en un sólo grito: Viva la Patria...!
*
PUERTO ARGENTINO, 14 de junio de 1982.-
Amanecía en un día ventoso, pero a la vez diáfano. Las fuerzas británicas habían desbordado ya las líneas defensivas en torno del último bastión de la Isla Soledad. Todo era confusión desorganizada, incertidumbre y rabia.
Los hombres de la 10a. Brigada de Infantería habían sido sorprendidos aquella mañana por una orden incomprensible del 2do. Comandante de la misma, Coronel Aguiar que decía: "Cesar la actividad operacional" . Fuera de contacto directo con el comando de la Gran Unidad de Combate y a la vez acosados por el fuego y la presión del enemigo, los grupos aislados de combatientes argentinos no alcanzaban a entender los límites precisos de la directiva. Acaso se pretendía quitarles el Honor de morir por la Patria?
El Jefe de Operaciones del Batallón Logístico 10, el Capitán Don Luis Daniel de Urquiza, se hallaba ante la terrible disyuntiva. La moral de sus Soldados era excelente. Evidenciaban el valor sereno y prudente del hombre equilibrado que no se descompensa ante situaciones extremas. Lejos de aquellas postreras versiones sionistas que ensalzaron la pretendida "cobardía" de "los chicos de la guerra" (sic), estos eran Soldados que estaban imbuidos -tras dos meses de pelea por Malvinas- de la veteranía y ubicuidad propias del argentino consciente de ser la primera línea de la Patria en una desigual contienda entre la Nación entera frente al enemigo secular. Estos hoplitas no necesitaban lecciones de argentinismo ni de democracia para saber por qué estaban allí. Y el ejemplo permanente del Capitán de Urquiza les había enriquecido el espíritu hasta el enardecimiento cabal de un bravo hacia su destino trascendente.
Todavía tenían munición para la pelea y estaban dispuestos a todo. Los reglamentos militares vedan en forma absoluta todo tipo de capitulación ante estas circunstancias; sin embargo veían el constante repliegue de grupos que hasta entonces se habían mantenido en contacto con el invasor. Sosteniéndose en la posición, los 18 hombres que comandaba Urquiza aguardaban. Con los rostros barnizados por el cansancio y la mirada alzada hacia el Jefe, esperaban una iniciativa digna del líder. Y el Capitán no los defraudó...
De personalidad colmada de fogosos impulsos, fiel custodio de los designios de Dios, el Capitán de Urquiza era noble, auténtico y brioso como un corcel espartano. Nacionalista en su más pura esencia, ningún espejismo liberal le hacía confundir la identidad de su enemigo. Iluminado por la Virgen del Rosario, supo encontrar -entonces- su sendero en el campo del honor, hallando abnegada serenidad ante la batalla, firme apoyo en la oración y ciega confianza en al trascendencia de su uniforme. Amado por sus subalternos hasta la mitificación y temido por su franqueza ante los superiores este clásico soldado resumía la esencia del Ser militar en el estilo de aquellos caballeros que, en los umbrales de la Cristiandad, adoptaron la Cruz como supremo emblema y el sacrificio por ella, su propósito fundamental.
No retrocedieron. Su posición pasó a encabezar la vanguardia de las filas argentinas frente al enemigo. Ante la falta de misión impuesta y como procede, la dedujo. Ante el desmoronamiento del resto de las defensas, imperaba salir en busca del enemigo a fin de tomar conocimiento de su posición para brindar seguridad a las fuerzas propias. La Sección se adelantó bordeando el camino que conduce a Sapper Hill. Al sobrepasar las alturas inmediatas en dirección a la Usina de Puerto Argentino, tomó contacto por el fuego con paracaidistas británicos. Desde una pequeña lomada, Urquiza los hizo retroceder tras varios impactos de granadas PAF 62 y PDF 40 que disparó con su fusil FAL. Las avanzadas de combate de los británicos concentraron su puntería en el Capitán, quien tuvo que buscar una nueva cubierta. Por otra parte, su posición se hallaba a la vista de los observadores de Artillería, que no tardaron en establecer las coordenadas de los argentinos.
Al sobrepasar la casa del Gobernador, apresuradamente evacuada, Urquiza divisó al frente a la Bandera de guerra de la Guarnición Militar Malvinas, que flameaba en el mástil, en medio del incesante asedio de la fusilería y la metralla británica. Sin dudarlo, decidió escatimarle al adversario ese trofeo. Impartió a su gente la orden de intensificar el fuego a efectos de cubrir su avance y se lanzó al descubierto al rescate de la Bandera. Corrió lama abajo, sin detenerse, perseguido por el tronar de las ametralladoras y la munición de mortero. Al alcanzar el terreno llano, se desplazó zigzagueando entre ligustros de tullas impenetrables. Alzó la vista y distinguió con claridad a un grupo de boinas coloradas que se adelantaban en su búsqueda. Con tenaz serenidad, preparó trampas explosivas a lo largo del sendero obligado de aquellos infantes ingleses. Estas consistían en una granada EA M-5 adherida a media libra de Trotyl con cinta adhesiva
de sanidad, con la chaveta de la anilla -enderezada- anudada a un cordel verde asido a la vegetación. Colocó 6 de aquellas trampas mientras se aproximaba al mástil, a lo largo del sendero de tullas a fin de retardar al enemigo y darse tiempo a cumplimentar la misión autoimpuesta.
Una vez ante el mástil, cortó la driza con su puñal y la Bandera se deslizó entre sus brazos. A pocos metros, los británicos se interponían entre él y sus propios hombres. Recostado contra una pared externa de la casa del Gobernador, plegó cuidadosamente la enseña nacional para guardarla en un bolsillo del pantalón de combate.
Realizada la operación, avanzó hacia la derecha -loma arriba- rumbo a la Usina. Irrumpió en el edificio, de madera y piedra, confundiéndose, agazapado, entre tambores de aceite Castrol y maquinaria. Exploró los bolsillos de la chaqueta: le quedaban seis granadas, un cilindro de tabletas de alcohol y un poco de cinta adhesiva. En pocos segundos acondicionó un artefacto explosivo que consideró lo suficientemente apto para destruir la planta matriz, la colocó entre unas maderas que se hallaban en el taller de mantenimiento, rodeándolo de tambores de aceite combustible, accionó los mecanismos de retardo a ocho segundo y desprendió las anillas, poniéndose a cubierto..
La Usina voló en pedazos. En medio de ingentes incendios y explosiones dantescas, escapó hacia las líneas que mantenían sus soldados. En el camino de regreso se topó con la apresuradamente abandonada residencia del General Parada, donde permanecían, intacto, el Jeep Mercedes Benz asignado a su servicio y un camión militar en idéntico estado. Ante la falta de explosivos, procedió a inutilizarlos mediante ráfagas del FAL. Aquella misma noche todavía había intercambio de disparos en Puerto Argentino; varias cargas de escopeta High Standart retumbaron en la quietud austral, dejando, tras cada una de ellas, a un inglés fuera de combate. Las balas trazantes que cruzaban la oscuridad no consiguieron acabar con la vida de aquel que se negaba obstinadamente a rendirse. Agotada su munición, a la mañana siguiente, el Capitán De Urquiza destruyó su armamento y lo arrojó a las heladas aguas del océano.
Ya prisionero, custodió la Bandera que él mismo rescatara con tanto o más celo que durante el combate. Desprendió minuciosamente el forro de su gabán y allí la situó. Pudo eludir todos y cada uno de los controles de los captores hasta llegar a la Patria, donde rindió el informe correspondiente: "DIOS LA OCULTO DE LAS VISTAS DEL ENEMIGO". El Jefe del Batallón, tal vez preocupado por la salvaguarda de su propio prestigio, no contó con la generosidad suficiente para mencionar a Urquiza en sus informes, ni en la Orden del Día de la Unidad. Y así fue, que por una omisión administrativa, el Capitán no recibió condecoración alguna por parte de su fuerza. Nadie supo, por lo demás, que hacer con aquella Bandera.
El 2 de noviembre de 1982 se izó en conmemoración de los Muertos del Batallón Logístico 10, en la Plaza de Armas de Villa Martelli. Trasladado a una Guarnición del interior, el Capitán de Urquiza elevó el paño sublime a la División Estudios Históricos del Comando en Jefe del Ejército, de donde -finalmente- llegó a Rosario.
*
Los diarios dijeron luego que "Rosario honró la Bandera", que "la enseña que flameó durante 75 días en Puerto Argentino fue depositada en custodia en el Altar de la Patria". Se dijo también que "...sólo Dios sabe qué profundo amor motivó su rescate". Pero una historia había quedado atrás, aletargada por quién sabe qué mezquindades humanas. El Gobernador de Santa Fe le entregó al Capitán de Urquiza un medallón acuñado por la autoridad civil..."para testimoniar en usted a todos los héroes que combatieron por la Justicia en el lejano Sur, nuestro homenaje". El Capitán respondió: "No esperaba ser depositario de tan alto honor. Le pido, por su intermedio, me permita dejar junto a la Bandera de la Patria esta medalla, para que también sea custodiada por el pueblo rosarino, para retirarla y tenerla recién cuando esta enseña pueda ser izada nuevamente en Puerto Argentino. Le agradezco mucho, señor Gobernador. Viva la Patria".
*
Ciento setenta y dos años atrás el General Belgrano, al tomar posesión del cargo de Jefe del Regimiento 1ro. de Infantería "PATRICIOS", decía: "Procuraré hacerme digno de llamarme hijo de la Patria". Su deseo fructiferó en aquellos Capitanes que hicieron suyo ese ideal.

Un envío de José Mármol
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